lunes, 6 de septiembre de 2010

El desempleo... una oportunidad



La mañana se presenta fresca y agradable, casi primaveral. Miro mis greñas, ya necesito cortarme el pelo, me digo a mi mismo.

La peluquería de mi barrio -pueblo está atendida por un veterano de más de sesenta y cinco años (que como él dice lleva muchos años “viviendo por los pelos”, en una parábola irónica).

Tengo por delante de mí tres personas, por lo que tomando un diario de los que ofrece a la “parroquia”, me siento en un banco público afuera del establecimiento, dispuesto a leer lo que nos acontece.

Dos criaturas de pocos años, hijos de un cliente a la espera de la “esquila”, juegan peligrosamente ante la indiferencia del “barrigón” de su padre, un varón entre la treintena larga y casi la cuarentena de años, pasado de peso y calzado con chancletas.

El varón intenta sin mucho éxito dar un puntapié a un clavo de 10 centímetros de largo, clavo roñoso de óxido que amenaza ante la impericia del joven varón con clavarse en el pié del futbolista.

Como su padre permanece impasible, paro al zagal en su intento, le pido por favor me dé el clavo, y le explico cómo por un accidente se le puede clavar en el pié, inventándome un accidente sufrido por mi mismo cuando era niño e hice lo mismo que él estaba haciendo.

El niño me obedece, y les premio a él y a su hermana con un poco de conversación.

Les cuento que cuando era niño jugaba a saltar a la pierna coja, a las chapas. Y allí mismo se inició un taller de juego.

Les enseño un rato a jugar a las chapas, a saltar con la pierna coja, siendo un éxito el taller.

Aplacado los ímpetus auto dañosos se aplican en el salto a la pata coja, como no disponen de chapas, me preguntan como las conseguía.

Muy sencillo, las pedía a los del bar de mi calle, a veces el camarero me mandaba a la mierda, pero otras era amable y me las daba, les respondo.

Les enseño, que como no disponía de dinero, los niños pagábamos con cromos, chapas y canicas.

Coleccionabamos chapas y cromos, el resto de las chapas menos vistosas o válidas para coleccionarlas, no las tirábamos pues nos valían para pagar la que queríamos comprar a otro niño que la quisiera vender, también servían para pagar las pérdidas de los juegos, pues pagábamos con cromos o chapas (con lo que teníamos que disponer de abundante cantidad pues el mercado variaba).

Les cuento que el que ganaba una carrera de chapas se quedaba con las chapas de los perdedores, o éstos pagaban tres por su chapa de correr (que era muy bonita). El primero ganaba más chapas, el segundo menos y el tercero un poco solo, el resto pagaba.

Lo han entendido muy bien y se van derechos al padre a pedirle que les acompañe al bar a por chapas.

En el taller de “chapas” les explico las diversas maneras de golpear la chapa para hacer que vaya en una dirección u otra etcétera, los niños encantados y deseando jugar a las chapas.

Ante el éxito con los niños, me viene una idea a la cabeza.

¿El desempleo puede ser una oportunidad?

¡Claro que sí!

Cuando estábamos “infelizmente” empleados, solo veíamos a nuestros hijos durmiendo, o los fines de semana entre ocupación semanal y en ratos perdidos (dicho de otra forma, poco y mal).

Ahora tenemos (y si no, lo buscamos) tiempo para jugar con ellos, tenemos que enseñarlos que se puede uno divertir sin gastar dinero, que hay vida aparte de la Wii.

Aparte de que con el juego de las chapas, aprenden economía (con las transacciones de cromos y chapas) crean su propia moneda:

Una buena y ansiada chapa vale X chapas de inferior calidad o menos buscadas, un cromo lo mismo, que el que se entrena y lo hace mejor gana más que el que no se entrena y lo hace mal.

Pedagogía del esfuerzo simplemente.

Les contesto a su pregunta de si yo ganaba siempre, les respondo que sí, porque siempre me entrenaba para aprender a dar a la chapa, claro que también se lo debo a mi padre que me enseñó “trucos” de golpear la chapa.

Y que estas ganancias me permitían pagar con cromos y chapas además me servía para comprar más chapas para mi colección de ellas (y no costaba un duro a la economía de mis padres).

Ahora tienes que comprar un producto (cuando no directamente el cromo) para coleccionarlos, siendo este el motivo del poco éxito de las colecciones, pues le han quitado el valor añadido que tenían mis colecciones, que fueron conseguidas por mi esfuerzo y maña en conseguirlas, no con el esfuerzo del dinero de mis padres.

Lo que no se consigue con esfuerzo, se desprecia y minusvalora, y esto es un hecho irrefutable.

Los hijos no se compran con dinero, se ganan con el trato diario, es decir con su educación en nuestros valores y por nosotros mismos.

Hasta ahora, gracias a nuestros salarios (de mi mujer y mío) creíamos poseer un hogar, unos hijos y una pareja amante.

Estábamos equivocados, nos habíamos comprado “unos hijos” que no educamos, que no disfrutamos (pues si jugaban eran con la “seño” en la escuela o guardería).

Un hogar, que era propiedad del banco (solo sería nuestro después de pagar unos intereses dentro de 25 años) y no era tal hogar, era el sitio donde dormíamos, y no siempre, pues a veces viajamos por trabajo.

Y una pareja amante, cuando el estrés lo permitía (pasábamos más tiempo con nuestros/tras compañeros de trabajo que con nuestra pareja.

Ahora es el momento de respirar hondo, recuperar a nuestra amante y a nuestros hijos, menos Wii y más chapas (y tanto el niño como la niña se apuntarán gustosos a jugar).

Y a nuestra amante, no la necesitamos llevar al restaurante, nos amamos en la mesa de la cocina que es maravilloso.

Y que se vayan a la mierda el consumo exagerado, la hipoteca y los créditos al consumo (que lo único que hacen es “consumirnos la vida”).

entrada editada para mejorar la sintaxis en 25/11/2016

1 comentario:

  1. Me parece un enfoque muy peculiar este que haces Avalón, me ha gustado.
    José M.

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