martes, 26 de junio de 2012

Mi primera migración

                                foto Erik Johansson http://www.alltelleringet.com/



Año 1960, en un pueblecito del sur de Andalucía…

Malos tiempos económicos para unos y muy buenos para otros, como casi siempre…

A nosotros nos tocó una vez más la mala, la lucha dura por la supervivencia, mi padre cerró la pequeña industria de la que intentó vivir, pagó sus deudas  y con 50 años, esposa y dos hijos pequeños migró a una gran ciudad…

Estaba yo en la frontera de los 10 años de edad, tenía observado el drama que estaban soportando mis padres, nada podía hacer yo, solo no incrementar sus aflicciones portándome mal…

Cuando me dijeron que abandonábamos mi casa, mi perro, mis amigos y mi colegio, sentí un temor grande, desconocido por mí hasta entonces.

La cara de preocupación de mi padre no me ayudaba en absoluto a tranquilizarme…

Salí esa mañana por los rincones que solía visitar en mis juegos, solo…

Me despedí en silencio de las lagartijas multicolores e iridiscentes…

De los pájaros, de mi perro y me encaminé a la casa de un miembro de mi pandilla, eterno rival de liderazgo en ella.

“Le traspasé” los poderes sobre la tan ansiada por él jefatura, y me despedí…

Salimos al atardecer, de manera casi clandestina, sin honor y con mucha tristeza,  con una ansiedad que se palpaba…
Solo algún vecino, curioso permaneció mirando como nos alejábamos…

Una furgoneta DKW con el conductor, mi madre, mi hermano y mi padre al final que sentado en una silla, sujetaba con la espalda los pocos utensilios con los que migrábamos en un viaje de 600 kilómetros que duraría más de 14 horas…

Portábamos con nosotros la única mascota que formó parte de la familia, un jilguero en su diminuta jaula…

Hicimos un alto en una gasolinera en medio de la nada en la Mancha, mi madre había confeccionado una tortilla de patatas con berenjenas exquisita y un trozo de cerdo empanado…
En la noche manchega los insectos de considerable tamaño pululaban en derredor nuestro, en uno de sus revoloteos, una langosta de 8 cm de largo se clava de cabeza en mi blanda y jugosa tortilla…
Ante la ausencia de sustituto alimenticio, desclavo al intruso, y sigo con la tortilla…

Aterrizamos en Madrid, en la parte más fea que recuerdo, deprimida y junto a una tapia de una línea férrea…

Nos quedamos (mi hermano de 7 años y yo mismo) con los pocos y modestísimos enseres en montón en la acera, mientra mis padres subían al piso apalabrado…

Al poco bajan y proceden a subir las cosas…
Es una habitación pequeña, en un piso de cinco habitaciones, una cocina y un baño, que están ocupadas por cuatro matrimonios algunos son familia numerosa…

Aquí no entro hoy a relatar las reflexiones que con mi experiencia saco hoy, solo el testimonio de un niño que en su periodo de formación vivió unos acontecimientos que indudablemente forjaron su personalidad.

Pasan los días, me escolarizan en una escuela de una sola aula, atendida por un solo maestro, mientras empieza el curso nuevo y nos escolaricen en un graduado…

El maestro, un anciano con una raída bata gris, atiende a un grupo de treinta alumnos de diferentes edades, algunos ya mayores…
No cobra una cantidad fija, solo lo que las gentes acuerdan con él de palabra…

El anciano maestro mantiene la disciplina en tan heterogéneo grupo con eficiencia, otra cosa es al salir de clase, donde los alumnos más atrabiliarios se manifestaban en toda su personalidad.
Aunque no estaba en mi territorio, (era un recién llegado) no estaba dispuesto a doblegarme ante nada ni nadie, y comenzó una serie de combates singulares que ganaba, no con mi industria guerrera, los ganaba con mi casta de luchador tenaz e inasequible al desaliento a pesar del castigo inflingido…
Estos no usaban las reglas claras y limpias que usábamos en nuestros combates en el pueblo, eran luchas y maneras cobardes y desleales carentes de normas éticas…
Abusaban del tamaño, del número y de la traición…
Tuvimos que aprender nuevas técnicas de defensa, no dejar ninguna acción sin respuesta y sacamos en conclusión que no ganaba el más fuerte, ni el que mejor técnica presentaba…
Ganaba el más tenaz e irreductible.

El día de mi cumpleaños (10 años) no hubo tarta (ironía) hubo una alarma en el piso que habitábamos por un alquiler alto por una habitación…
Se presenta el juzgado para desalojar el piso por impago de renta.

Resulta que una inquilina mafiosa, realquiló el piso por habitaciones y no pagaba las rentas a su auténtico dueño…

Todo salió a la luz a raíz de los acontecimientos, no realizaron el desalojo porque una inquilina embarazada se puso mala del disgusto y se puso a parir, y la ley prohibía el desalojo en esas circunstancias.
De suerte que pospusieron para otro momento el desalojo…

Las semanas posteriores fueron un sin vivir en el piso compartido, habilitándose vigías que darían la alarma en un avistamiento del juzgado…

En una de esas, nos atrincheramos con los varones sujetando la puerta de entrada ante las embestidas de los guardias de asalto, mientras las mujeres con escobas impedían la entrada por las ventanas, con el consiguiente escándalo…

Mis padres no soportaban más ese estado de cosas, buscaron un piso recién reformado en  unas naves reconvertidas en viviendas, sin pintar y con el yeso de las paredes aún fresco, a un precio al mes de 1000 pesetas (un hombre ganaba al mes en aquel entonces 1000 pesetas de salario).

Comenzó el curso escolar, nos escolarizamos en él y comenzó una etapa que dejo para futuras reflexiones…

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