viernes, 6 de mayo de 2016

Jubilación.





Ya ha llegado la fecha tan esperada, inicio los trámites para solicitar esa situación social: la de jubilado.
Hasta ahora estaba forzadamente en la situación de parado de larga duración (que es la manera cortés de definir “la de parado de imposible colocación” es decir lo que se conoce “como un descartado del sistema productivo”).
Termino con el último trámite de presentarme en la oficina del paro para entregar los justificantes de mi situación socio-económica (declaración de la renta), y ahora tengo que subir otro escalón: la jubilación, que tras 47 años 8 meses y 1 día a fecha del mes de agosto del año 2015 suman 17.410 días dado de alta (donde no se cuentan los 2 años entregados al estado en el servicio militar obligatorio).

Trato de hacerlo por internet…no consigo superar esa prueba, trato de pedir cita por teléfono, tampoco consigo mi propósito, y como último recurso, me presento en el edificio del INSS.
Consigo una cita para dentro de un mes.

No me perturbo por ello, si he sabido esperar  50 años, unos meses son una nadería, incluso los voy a disfrutar, pues cada tiempo tiene su sabor y su color.

Echo la mirada atrás, muchas décadas atrás, hasta cuando me dieron la cartilla de la seguridad social allá por los años sesenta del siglo pasado, y recuerdo vívidamente lo que pensé y sentí en aquel momento: “era un documento escrito a mano y máquina que representaba una circunstancia y era una promesa”.
Circunstancia  que representaba: que era un contribuyente al sistema de pensiones y al mismo tiempo era mi seguro médico, y una promesa (perseguida por todos y alcanzada por no todos) la de que al final de tu vida activa, cuando ya te cueste trabajo el buscar el sustento diario, podrás disponer de una renta mínima de subsistencia.

Constaté como mi padre, después de perseguir esa esperanza no la alcanzó, dos años antes una enfermedad acabó con él, había cotizado desde el principio, había dado al estado cinco años de su vida en una guerra, y al final no alcanzó esa esperanza.
Constato cómo hoy un vecino previsor y agraciado por el sistema, ha conseguido jubilarse anticipadamente,  sólo ha cobrado un mes, un ictus le ha cercenado la esperanza.

Es como un juego, nadie sabe hasta qué nivel llegará, por lo que no tiene sentido ninguno prever, solo tiene sentido el fluir.

Inicio una crónica sobre esta circunstancia en la  que no sé hasta dónde llegaré, ni si me conviene seguir…
Estará trufada de pensamientos pasados, de vivencias y aventuras vividas o por vivir, nada es cierto salvo el final, y eso, tampoco es el final.

En esta nueva etapa (y lo cuento como curiosidad) coincide mi edad para la jubilación, con la caducidad del documento de identidad, del seguro del coche, de la cartilla sanitaria y de muchas cosas más, que pareciera una conjura para CADUCAR todo en el mismo año.

Preveo que comenzaré de nuevo en todo: cartillas, documentos varios, domicilio, conexiones a redes y un gran abanico de cosas que voy previendo en una lista de acciones futuras…

Es un ocaso con mil senderos por delante, pero lo afrontaré con firmeza y esperanza, pues Dios está conmigo.

Seguiré con la crónica, ó no, solo si Dios quiere.

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