domingo, 17 de julio de 2016

Arma letal




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Hoy me he levantado con un dolor punzante en la espalda, lo achaco a un “gas” interno que anda presionando en busca de salida (que espero que la encuentre pronto).
 Los olores como el resto de sensaciones  del cuerpo (incluido el dolor) nos retrotraen a periodos pasados donde sufrimos parecidas sensaciones, éste hoy me retrotrae a un pasado lejano ya, los 18 años recién cumplidos, cuando me incorporé al departamento de cerrajería de una empresa multidisciplinar.
Era yo por entonces un joven dispuesto, pero blando de músculo, dado que el único deporte que hice fue el jugar en el barrio con los niños, y mis trabajos anteriores fueron menos exigentes con esta necesidad de músculo.

Me asignan como ayudante de un hombre de aspecto simiesco, de largos brazos y occipucio plano (era una característica muy repetida esta del occipucio plano) era un tipo muy productivo, al que apodaban “el hombre máquina” (de ahí su apodo), se decía que donde había un duro hasta el pellejo se dejaba por conseguirlo.
Es curiosa la percepción de la gente para  los demás, les suelen medir con su propia vara, esto le lleva a equivocarse bastante.
¿Acaso sabían de las necesidades económicas de aquel hombre?
¿Conocían de antemano sus problemas personales?, el hombre maquina vestía pobremente y no tenía ningún signo de lujo como un buen reloj o unos buenos zapatos. También podía ser que sufriera algún tipo de anomalía mental, tal que una avaricia incontenible… pero esto ya son especulaciones que no podemos probar, creo que posiblemente eran crueles e injustos con él.

Me asignan como su ayudante como he dicho, trabajo fino, teníamos que enderezar varios camiones de vigas doble T de 150mm.
Me ordenan que vaya al almacén y saque un porrillo de 9.
El hombre del almacén me entrega un mazo de esos de romper aceras.
- ¡Oiga le he pedido un porrillo de 9! le reclamo al tío del almacén.
- Esto es un porrillo de 9.
Miro el mazo y pone: tara 9 kilos.
Me largo con el mazo, cuando estoy en el tajo se lo largo al oficial y le digo:
-Tenga, el porrillo que quería.
- No, ese es para ti, donde yo golpee con mi martillo, golpea fuerte con el tuyo.

El oficial golpea la viga con un martillo pequeño que no debía de pesar más de 300 gramos y yo golpeo con el mazo.
- ¡Mas fuerte niño!
- ¡No puedo mas! exclamo extenuado.
Seis horas más tarde (o dos camiones de vigas más tarde), apenas tengo fuerzas para sonarme la nariz.

El mazo aquel, al golpear la viga, rebotaba y subía a veces sin control yendo a parar a mi ya castigado hombro, agravando el problema.

El castigo duró tres días, no lo debí hacer lo suficientemente mal, puesto que seguí de "machaca" de aquel animal.

Sobre-montantes, puertas, dinteles y soldaduras varias.
Han pasado meses de trabajo “fino”, lo único que he ganado es musculatura, casi me tienen que declarar "arma letal" el cambio significativo es que dejé los sándwich por los bocadillos mas consistentes.

El trabajo en ese departamento era de los más duros de la factoría (lo sé porque pasé por todos ellos).
¡Cuantos recuerdos atesoro de entonces!
Es curiosa la memoria del hombre, incluso las penalidades se subliman con el tiempo, lo que ayer nos espantaba, hoy nos arranca una sonrisa.

Lo que sí saqué son (además de músculo) enseñanzas de vida, para una vida que acababa de empezar, que partía de una mente virgen que se iba a forjar en aquellos momentos.

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