jueves, 18 de agosto de 2016

Jubilados y hábitos.



¿Cómo afrontamos la jubilación?
Cada persona es un mundo, creo que no hay dos iguales, por esto mismo no hay dos jubilaciones iguales.
He estado un lustro preparándome para ésta (entonces hipotética) nueva etapa. Ya poseo el músculo necesario, y con la ayuda de Dios, espero culminar el plan establecido.

Un lustro de austeridad, me ha preparado para afrontar el futuro.

Sabido es que subir de escala se hace con agrado, pero bajar de nivel, eso duele mucho, ahora mi nivel no baja, si no que sube, no mucho, pero sube. Tendré más estabilidad económica, y lo que es más significativo una situación socio-económica definida. He traspasado el foso que me separaba de la sociedad, el foso de los “descartados” del sistema productivo,  ahora  estoy en el campo definido de los receptores de pensión, he entrado en el colectivo numeroso de “votantes de la tercera edad”.

Antes, cuando era del pelotón de los “descartados” no se me tenía en cuenta, pareciera que no fuera ni siquiera votante en las elecciones, como si no estuviera censado siquiera.

Mi interés ahora no es el de ocupar un tiempo de ocio, pues provengo de un lustro de forzado ocio.
Intuyo que esta nueva etapa producirá fruto abundante.

Ya he aportado toda la documentación que me requiere la administración, he firmado la petición de solicitud de jubilación tras 52 años de aportar al sistema de forma ininterrumpida.
Comienzo esta nueva etapa con serenidad, sabiduría y con el propósito y el ánimo presto, a caminar lo que me reste en salud y vitalidad hasta que Dios quiera.

Jubilados y hábitos.
Como digo más arriba son diversas las formas de afrontar esta etapa, salgo casi de modo habitual a leer y sobre todo a observarme a mi mismo en el espejo del prójimo jubilado, miro, observo y analizo los comportamientos y los hábitos de mis hermanos mayores en el nuevo paradigma.

Vengo desde hace unas semanas poniendo el foco de mi atención en una perra de caza y en su dueño.
Esta perra está así misma jubilada forzosa, pero mantiene el hábito de la caza que ha sido su vida en los últimos años, se llama Lula.
No deja  de señalar “posibles presas” a su compañero de cacería, que está absorto en mantener conversaciones con otras personas de edad del parque, un pequeño parque con pinos y otras plantas que sirven de solaz a personas jubiladas de distintos géneros y niños pequeños que juegan sin parar.
Como digo Lula no deja de señalar posibles presas, se queda inmóvil señalando con la punta del hocico y con la pata delantera flexionada en una posición que reconozco de las estampas de cacería que he visto. Nada la distrae, ni los niños que juegan alrededor, solo furtivas miradas al compañero cazador, (Lula no comprende cómo no dispara contra la presa señalada).

La observo, es capaz de pasarse inmóvil un buen rato, mientras el compañero sigue hablando. Se mueve alrededor del pino de gran porte, sigilosamente, no pierde de vista a la paloma torcaz objeto de su atención, con rápidas miradas al compañero le indica que está presta a saltar en pos de la presa cuando caiga por el disparo.

Pero el disparo no se produce, Lula lanza requisitorias miradas a su amo, no entiende cómo no dispara ya, es un blanco fácil y está inmóvil en una rama alta del pino.
Por fin  su amo (que no la pierde de vista ni un momento) por complacerla se levanta del banco, toma dos piedras pequeñas del suelo, y sin ánimo de hacer daño, las lanza sin fuerza hacia la dirección de la torcaz, con la sola intención de hacer que la paloma levante el vuelo.
Ésta cambia de árbol en un ágil vuelo, la perra inicia un desganado intento de carrera, no ha escuchado el disparo y desiste enseguida, devuelve al cazador una mirada  misericordiosa, como si comprendiera que la provecta edad de su dueño lo ha mermado.
Regresa junto a él y le dirige un acercamiento cariñoso, correspondido por su amo con una caricia.

Me acerco al cazador “jubilado”, acaricio a la perra y le pregunto si han cazado juntos en el pasado.
-Si, hemos ido a cazar mucho tiempo, pero ya la salud me impide salir al campo.
- ¿Qué edad tiene Lula? (le pregunto).
-Ocho años ya.
-Pues mantiene el hábito de la caza muy fuerte (le replico).
-Si, hasta en casa, dormida se le ve soñando con la caza.
-Nosotros cambiamos de hábitos por diversas circunstancias, pero al parecer los perros, no (le replico). Desde luego (apunto reflexivo) esta perra morirá haciendo que caza, debe de ser su instinto.

Me pregunto a mi mismo: ¿Cuál es el instinto del hombre?
Me respondo: “sobrevivir es el instinto básico del hombre”.
El perro cazador, solo cazar, y aunque ya no pueda, morirá cazador, creo que en su simpleza, solo ese es su instinto, pues no tiene el conocimiento de la trascendencia.
El hombre, (menos primario) tiene el instinto de sobrevivir, incluso más allá de la muerte del cuerpo caduco.
Cree en reencarnaciones, en paraísos, y al final de su vida, ve que todo ha sido “vanidad y dar golpes al viento” como dice Cohélet, hijo de David, rey en Jerusalén.

Mi instinto es el señalado, trascender, mientras, disfruto con la observación de mí mismo, en el espejo de los demás jubilados, y aún me sorprendo de la complejidad del mundo.

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