sábado, 6 de agosto de 2016

Las bolas doradas de la aldea de los “hombres que siempre sonríen”






Amanece un día luminoso y fresco como muchos en ese valle fecundo que protegen unas montañas permanentemente nevadas, que rodean  el valle donde está la aldea de los conocidos “hombres que siempre sonríen”.

Sale como es su costumbre muy temprano hacia el lago para pescar y observar las montañas, captura algunos peces para el trueque (pues él es pescador).

Se siente pleno de vigor, el aire fresco le vivifica y le hace sentir muy bien, ha dormido de un tirón, y después del almuerzo se prepara para comenzar la jornada que le ha sido donada.

La vida en la aldea de los “hombres que siempre sonríen” es muy sencilla y agradable, viven en armonía  unos con otros y con la naturaleza misma.

Cada uno se dedica a lo que sabe, él por ejemplo se le da muy bien pescar, otros como el herrero es muy bueno forjando herramientas y utensilios para otros, están los que saben sembrar, cuidar ganados, cazar, hacer reparaciones o construir casas, todos se aplican a lo que entienden, y valoran mucho los conocimientos de los demás, nadie es más importante, todos son imprescindibles para todos, cada uno con sus dones y conocimientos, y el trueque o la ayuda mutua es su sistema de corresponder unos con otros.

Unos ayudarán a otros, como así mismo serán ayudados por otros, sencillo y  simple, pero les basta.

Las casas disponen de una cortina que le resguarda del exterior, de la luz o del viento, no hay puertas salvo unas cancelas de cañas para soportar las cortinas en días de mucho viento.

Estando observando los reflejos del Sol en el agua, ve que se ha producido un derrumbe en la orilla y se aprecia el reflejo de un objeto semi enterrado.
Se acerca curioso y destapa un poco más con las manos, es una caja vieja y muy robusta con recubrimiento de cuero, la arrastra hasta sitio seco y la abre no sin esfuerzo.

Es muy pesada para el tamaño que tiene. Una vez abierta, ve un montón de bolas doradas que ocupan la casi totalidad de la caja.
Toma una con los dedos y la observa al Sol, brilla como el mismo Sol, y se sorprende de que habiendo estado tanto tiempo enterradas, brillen tanto.
No se le ocurre qué puede ser ni para que servirán, pero son bonitas y con un tacto agradable, su peso para lo pequeñas que son, es grande, sorprende lo pesadas que resultan.

Decide meter en la bolsa de los cebos un puñado para verlas más tarde ya en su casa, ocultando tras unos matorrales la caja con el resto de bolas doradas.

Terminada la jornada de pesca, emprende el camino de vuelta sin dejar de pensar en para qué pueden servir las bolas doradas, quizás pregunte en la aldea al viejo que sabe mucho porque una vez salió fuera de la aldea de los “hombres que siempre sonríen”.

Ya en su casa, saca las bolas doradas del cesto de los cebos y las vuelve a mirar atentamente, es curioso cuanto más las mira más las aprecia y le gustan, cena y se acuesta a dormir, pero no para de pensar en el resto de la caja que escondió detrás de los arbustos, ¿Y si pasa otra persona y la coge?
Este pensamiento no le deja dormir.

Se promete ir nada más amanezca a por el resto de las bolas, pasan las horas lentamente, no parece que vaya a amanecer nunca (piensa para sí), se levanta para estar preparado, a la luz de una candela mira de nuevo su puñado de bolas, ¡qué bonitas son! Se dice a sí mismo, y cava un hoyo en el suelo y las guarda allí envueltas en una tela.

Apenas despunta el Sol en el horizonte, aún no canta el gallo, cuando ya se pone en camino con su carretilla y las redes, se encamina hacia su escondite.

No ha caminado 10 minutos cuando comienza a pensar ¿Y si alguien le ha visto como las metía en el hoyo?  No resiste la zozobra y vuelve sobre sus pasos, las saca y se las guarda con él en el zurrón.

No sabe que son, ni para qué sirven, pero tiene claro que alguien las puede codiciar tanto como él.

Llega a su destino, el corazón le late apresuradamente, mira tras el matorral y allí está la caja, mira a un lado y a otro, nadie, no parece haber nadie en los alrededores, carga apresuradamente la caja en la carretilla y la tapa con las redes de pesca.
El peso es considerable, la carretilla se hunde en el blando terreno, le cuesta una enormidad llegar hasta su casa, menos mal que no se ha cruzado con nadie.

Cierra las cortinas y se queda mirando la caja, piensa donde ponerla a salvo de miradas indiscretas, como nadie impide el paso a las casas, en cualquier momento puede entrar un vecino a tomar algo que le haga falta, ha visitarlo o cualquier otra cosa.
Tapa la caja bajo un montón de redes y se pone a excavar un hoyo en medio de la estancia.
Lo hace en silencio, solo con la pala, cuando está lo suficientemente profundo, arrastra la caja hasta el hoyo y la entierra, no sin antes sacar un puñado para observarlas tranquilamente, pone la cama encima y borra las huellas del arrastre de la  pesada caja.

Esa noche duerme tranquilo sabiendo que está encima de “su tesoro de bolas doradas”.

Otra luminosa mañana, se prepara el almuerzo y se dispone para irse a pescar algunos peces para  realizar algunos trueques, pues necesita pan y quizás algo de caza.

Estando en la faena, no para de pensar con preocupación que su “tesoro” está solo debajo de la cama.

Cuando ha pescado lo suficiente, regresa apresuradamente a  la aldea de los “hombres que siempre sonríen”.

Realiza el trueque del pan, no se entretiene en esperar la caza y se vuelve presto a su casa. Antes de llegar, cuando su casa se aprecia en la distancia, ve como una persona entra en ella.
El corazón casi se le para del susto, casi corriendo se precipita en la estancia, es un vecino que sale sonriendo con una herramienta en la mano, le saluda con efusividad y le dice que se lleva prestada la herramienta que la necesita, y de paso le invita a comer con su familia.

Inmóvil y bloqueado solo acierta a rechazar la invitación, pues tiene que hacer (se excusa).

Nada hay que indique otra cosa, pero esta visita le pone en guardia, necesita una puerta que cierre el paso, y las ventanas tendrá que asegurarlas (se dice a sí mismo) ¿Pero que excusa pondrá que no levante suspicacias en el vecindario, dado que nadie pone rejas en las ventanas y cierra puertas?

Estos pensamientos le impidieron dormir esa noche.

Por la mañana se encamina hasta la casa del herrero para encargarle una puerta y unas  rejas para las ventanas.
El herrero se extraña de este encargo y le dice:
-         ¿A que se debe esa resolución?
-         Es que anoche me entró una bestia salvaje y me dio un susto enorme (se inventó).
-         ¿Por qué no diste la alarma? Te hubiéramos auxiliado (replica el herrero)
-         No caí en ello, pero quiero estar seguro.
-         Te va costar mucho, hay que gastar mucho hierro y tiempo en hacer las rejas y la puerta.
-         No te preocupes, yo te daré lo que precises por el tiempo que me digas, pero tú hazlo.

El herrero se pone a la tarea, sin dejar los otros encargos, que todos son importantes para él. 
Mientras, el pescador redobla los esfuerzos en las tareas de la pesca y además se ocupa de ayudar a otros para conseguir más trueques para pagar al herrero.

El trabajo le abruma, está muy cansado y además duerme muy mal pensando en “su tesoro”.
Un día piensa ¿Y si le ofrezco unas bolas doradas al herrero para no tener que trabajar tanto? Es posible que también le gusten (se dice).

Rechaza esa idea, pues el herrero pensará que tiene más y que por eso quiere las rejas.

Comienza a ser consciente que los vecinos empiezan a murmurar sobre el porqué tanto trabajar para pagar al herrero, (y si se sabe que he pagado al herrero con algo que no sea trueque, lo mismo pueden hasta matarme para quitarme las bolas doradas, se dice así mismo) este pensamiento le aterroriza.

Ya ha conseguido la puerta y las rejas, ya tiene blindada su casa, nadie puede entrar a quitarle  “su tesoro”.
Como sigue debiendo al herrero su trabajo, se emplea también con él en la forja además de trabajar con el constructor de casas.

Ha pasado mucho tiempo desde que encontró las bolas doradas, ya apenas sale que no sea para trabajar para pagar lo que debe.
Añora los tiempos en que era feliz y sonreía, ahora en la aldea de los “hombres que siempre sonríen” hay uno que hace tiempo ya que no lo hace.

Ha sido la fiesta grande de la aldea de los “hombres que siempre sonríen”, pero él no asiste, se ha quedado en casa mirando el puñado de bolas doradas y pensando en la caja donde tiene más, pues se dice ¿Cómo me voy a ir y dejar las bolas sin custodia?

Una noche, no sabe a qué es debido, sintió un dolor enorme en el pecho, intentó gritar y no le salía apenas voz,  intentó levantarse  y calló al suelo, tuvo los reflejos de esconder las bolas doradas que tenía en la mano entre las redes y se desmayó.

Ya han pasado tres días,  nadie le había visto salir a pescar, en sus trabajos se extrañaron que el obsesivo ayudante no apareciera, se encaminaron a su casa para preguntarle.
La puerta estaba cerrada lo mismo que las ventanas, los vecinos se preguntaban qué le habría ocurrido, el herrero dijo que a él le había dicho que le entraron unas bestias salvajes y es por lo que puso las rejas y la puerta; mientras, él permanecía inmóvil tirado en el suelo. 
Ya se iban, cuando un vecino creyó verlo caído en el suelo.

No pueden entrar a auxiliarlo debido a las fuertes rejas y la resistente puerta, el herrero con el beneplácito del resto de sus vecinos se empleó a fondo en penetrar en la casa, lo sacaron desvanecido y si apenas vida.

Un vecino lo llevó a su casa donde lo cuidó hasta que se recuperó del todo.

Durante la convalecencia, tuvo mucho tiempo para pensar en lo que le había sucedido.

Una vez repuesto, se volvió a su casa. 
Esa mañana habló con el herrero y le pidió que quitara la puerta y las rejas, y que se quedara con el hierro, que seguiría pagándole hasta terminar todo lo que le debía.
Volvió a poner las cortinas y la cancela de cañas.
Al día siguiente, por la mañana temprano desenterró la caja puso dentro el puñado de bolas (menos una) y la cargó en la carretilla tapándolas con las redes, encaminándose por un camino apartado y con destino lejano a la aldea de los “hombres que siempre sonríen”.

Al cabo de bastante camino, encontró una cueva profunda que fue morada de osos, allí cavó un hoyo y metió las caja dentro, enterrándola.

Pensó que quizás otra desafortunada persona que también  encontró las bolas doradas,  hizo lo mismo que él y las enterró donde él  las encontró, pero que esta vez esperaba que nadie la encontrara otra vez.

Regresó a la aldea de los “hombres que siempre sonríen” y ya si eran todos los que sonreían otra vez.

La bola dorada que se quedó, la traspasó con un pelo de caballo y se la colgó al cuello, cuando le preguntaban  qué significaba, el respondía:
-         Es para que me recuerde algo que no debió de suceder.



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