domingo, 29 de enero de 2017

Dobles



Para ponernos en situación deberemos irnos al año 1970. Corría ese año cuando estaba por un pasillo de la nave industrial, me aproximo a un varón de mi edad entonces, le saludo:
-“Buenos días”
- ¡Vete a tomar por el cxxx!  (me responde agresivamente).
-¿A qué viene esa respuesta?
-El otro día cuando ibas por la calle del General Ricardos del brazo de una rubia ¿Entonces no me respondiste, es que no me conocías? Y ahora aquí, ¿Me saludas?
- ¿Yo con una rubia al brazo? Sería otro…
-¡No, eras tú, que te tenía a dos metros!

Este diálogo de “sordos” se produjo en el pasillo de la multinacional USA, repito eran los años 70 y yo frisaba la veintena.
Ya no hubo más, esa historia no volvió en lo años posteriores, al menos no supe nada, solo décadas después se desencadenaron  nuevos eventos.

Iba yo conduciendo mi coche, cuando miro el retrovisor, y me veo a mí mismo al volante del coche que está detrás del mío, me quedo perplejo, la circulación es espesa y comienzan los pitidos de los automóviles al haber cambiado el disco del semáforo al verde, me dispóngo a bajar del coche para hablar a “mi doble”, pero éste maniobra y me evita incorporándose a la circulación. Vuelvo al coche e inicio la persecución, para acabar de perderlo en el tráfico.

Pasa el tiempo sin más noticias del doble, hasta que un amigo me dice:
-¿Qué hacías en Plenilunio tomándote un helado?
-Mi diabetes me lo impide (Le respondo)
-Yo hubiera jurado que eras tú.
- Parecer ser que tengo un doble, escucha, ¿por qué la próxima vez que me veas, no me haces una foto y me la mandas por correo? (le sugiero).

Mientras mi vida sigue “en tarifa plana”, cuando estoy en una parada de autobús un hombre de mi edad aproximadamente, se dirige a mí, y sonriendo me dice:
-¿Ya no vás por el bar?
-Yo no bebo alcohol (le respondo)
-Yo te he visto tomando vinitos, y  parecía que no te desagradan.
-Creo que me está usted confundiendo con otra persona, creo tener un doble y al parecer a ése sí le gustan (le respondo con paciencia).

Se inicia un interrogatorio mútuo, en él, mi interlocutor es amigo ocasional de bar, antiguo militar (por cierto, ejerció donde me reclutaron) y llega a la conclusión que somos muy, pero que muy parecidos, dudando incluso si le estoy “tomándole el pelo”.
Una vez salido de su asombro, llega mi autobús, me monto y parto a mi destino.

Otro día, saliendo del Metro, un “vejete” tomándome amistosamente por el hombro me espeta: ¿Ya no vas por Billares?
-No juego al billar.
-Me refiero al pueblo.
A continuación paso a referirle a mi parecido con mi doble… (ya me empiezo a cansar).
-Pues le juro que se parece mucho.

Pasado un tiempo, recibo en mi correo una foto, es mi doble que el amigo capturó y me la manda, (pareciera que yo me tomo un helado, y el parecido es enorme, incluso tiene un sombrero igual).

Tiempo después, ante tantas coincidencias, me paso por el bar para curiosear y un tío me saluda, me acerco a él y le digo:
-¿Buenos días, ¿le soy conocido?
-Claro es usted cliente de aquí.
Le pongo al día de la existencia del doble etc. y a continuación garabateo una pequeña explicación del tema en el dorso de mi tarjeta de visita, y le pido por favor si la próxima vez que me “vea” me la dé.
Desconozco si lo hizo o la tiró directamente.

Episodio de la mancha en el techo.



El vecino de arriba tiene una fuga de agua, y mi techo recientemente pintado por mi mísmo se mancha, el seguro del vecino lo cubre, y un pintor contratado por el seguro me lo pinta. 
Éste es un hombre de edad mediana, abierto y hablador, y me dice:
-¿Hoy se ha tenido que quedarse en casa y no ir al colegio?
Deduzco que me vuelven a confundir.
-¿A qué colegio se refiere?
-Lo digo, porque siempre que llevo a mi hijo al colegio, está usted allí.
Le  interrogo sobre mi “supuesta” personalidad, le pongo al día de mi parecido (he adquirido ya soltura en ello) y ante su asombro me sonrío y le digo que ya me he acostumbrado a ello, y doy gracias a Dios de que mi doble no cometa un delito, pues creo que me detendrían también a mi.

Mi doble al parecer trabaja en un colegio, somos iguales, salvo por el peso que está bastante más gordo que yo ahora, además me he dejado barba.

Otro día, me bajo del autobús, cuando dos mujeres de mi edad, muy sonrientes, se dirigen a mí:
-¿Cómo está Julia, ó Pepita (que no recuerdo).
Ya no me queda duda, me han vuelto a confundir, y tras unas pocas palabras las vecinas llegan a su portal, y se despiden.

Hasta aquí una historia que no ha acabado y que desconozco cómo acabará de la existencia de un doble.
Sólo tengo interrogantes, ¿Por qué no desea verme? ¿Tendrá noticias mías? ¿Debo hacer más por conocerlo? ¿Servirá para algo?

Creo que lo dejaré en manos del destino, que sea lo que tenga que ser.

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