domingo, 6 de julio de 2014

El valor de la vida.

foto: http://aloque.miciudadreal.net/2008/11/04/hasta-la-vista-abuelo-i/


Cuando eres niño, eres inocente,  puro y sencillo. Todo es nuevo y llamativo, quieres probarlo y experimentarlo todo, pues todo es como una aventura maravillosa, estás alegre y tu cuerpo te pide correr por los campos de verde y fresca hierba, sin límites.
Solo la llamada a la prudencia de tus padres te sujeta, no conoces los peligros, pero sabes que tus padres son sabios y sí los conocen y te piden prudencia porque te aman y quieren el bien para ti. No siempre les haces caso, y siempre, siempre, aprendes con dolor que llevaban razón, unas veces aprendes y otras no, de ese mismo aprendizaje dependen las virtudes que te distinguirán cuando seas adulto, serás un necio o un  prudente y sabio, y dependiendo de esto, acabarás bien o en el error con mucho sufrimiento.
Cuando ya eres adulto, el mundo  pone a tu disposición riquezas y placeres sin límite, pero no están al alcance inmediato de tu mano, ni son gratis total.
Por todo tienes que pagar un precio, aunque a veces la seducción es tal, que te crees que es gratis total, solo por tu “cara bonita”.
Para algunos afortunados, el mundo se lo pone muy difícil el alcanzar esos placeres y esas riquezas, para los menos afortunados, el mundo casi se lo mete en el bolsillo, (se llega a decir de ellos: “Tienen una flor en el culo”).

Siempre me ha intrigado el por qué de esto que digo. ¿Por qué para unos es todo sendero liso y fácil, y para otros parece tan difícil e inalcanzable?

Digo que para éstos, a los que el mundo se lo pone difícil, son seres afortunados porque tendrán dificultad mayor en perderse.

Los placeres del mundo y las riquezas, son componentes catalizadores para la perdición del humano, aunque pueda sonar estúpido, es de ese modo. Pues solo los prudentes y muy sabios saben compaginar riqueza y placer mundano con actitudes y actos honestos, si es que ello es posible.
Del mismo modo que algunas veces se dijo: “La belleza de esa mujer fue su maldición”, podemos decir que la riqueza del afortunado es su propia maldición.
Claro que ese afortunado puede revertir esa maldición: Compartiendo con los pobres y desvalidos del mundo su maldición de la riqueza, que trocará en bendición para sí mismo y su familia, pues será bendecido por todos.
Ese poderoso que ahora solo come “lenguas de colibrí” u otro bien escaso a costa de innumerables vidas, cree que eso es un placer, y no sabe que el placer estaría en saber que en su contorno nadie pasa hambre ni necesidad, y es alabado y bendecido  por ello.
Cree que su riqueza es la fuente de su poder, e ignora que la miseria de su alrededor es su ruina.
Me he pasado una vida entera persiguiendo los placeres mundanos y las riquezas (como todos), nunca las he alcanzado (o muy modestamente) pero todo fue por no entrar en los senderos torcidos en compañía del mal seductor.
Creo que todo fue por las enseñanzas de prudencia de mis padres.
Esto me hizo un afortunado sin éxito mundano.
Otro aspecto que buscamos siempre: “El aprecio y el aplauso del mundo”.
Es decir apreciamos el aplauso de los que creen en los valores mundanos, de los amantes del placer, de la riqueza y su poder.
Esa es nuestra equivocación. Buscamos la aprobación del mal, y obtenemos mal.
Fijémonos en quienes son los ídolos que admiramos.
¿Qué representan?
¿Cómo es su vida privada?
¿En base a qué y como mantienen su fortuna?
¿Qué hacen por los necesitados?
¿Tienen un comportamiento que no les pudiera avergonzar que lo supiera su abuela?
Además, son ídolos temporales, casi de un día.
Se marchitarán y perderán toda su lozanía y esplendor, y al final (seguro que muy pronto para ellos) mueren desnudos y son entregados al fuego o a la corrupción de la carne. ¿Quién aprovechará lo acumulado por tantos años de esfuerzo e iniquidad?
Cada vez que veo a un ídolo humano en estado de decrepitud, me resuelve la duda: ¿Para qué tanta iniquidad? ¿Le mereció la pena perderse por valor tan banal?
Es por esa misma constancia, que cuando llegan a la decrepitud, se recluyen en el anonimato del que con tanto ahínco lucharon por salir, es un reconocimiento tardío y muy doloroso de su equivocación.
En el ejemplo contrario, está ese abuelo o abuela, decrépita, pero con la dignidad que le sale por los poros, que acaba su vida terrenal llena de dignidad, reconocida por el pueblo sencillo y por los que le aman, sus herederos que están tristes por la pérdida humana, y no contentos por la herencia que esperan recibir, que ya  se les dio en vida: conocimiento, educación y AMOR desinteresado.


2 comentarios:

  1. Hola Avalon,

    En mi opinión la riqueza es como la energía, no es ni buena ni mala en sí misma, es un potencial. La riqueza en manos de gente honesta puede hacer mucho bien, y en manos de gente malévola puede hacer mucho daño.

    Coincido plenamente en que la mejor herencia que se puede dejar es la educación y el amor.

    Un abrazo

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    Respuestas
    1. Que gusto ver que has vuelto por estos lares de la escritura bloguera, como te he dicho en tu vuelta a tu blog Minimo, se te echaba mucho de menos.
      Estoy de acuerdo contigo respecto a que la riqueza es buena o mala según se use, pero por desgracia o gracias a la condición humana, tanto los placeres mundanos como la riqueza es un catalizador para perderse el ser humano, pues rara vez sabemos actuar de forma buena, los placeres y las riquezas realizan un “efecto llamada” al resto del mal, solo una acción decididamente honesta de redistribución puede soslayar estos efectos perniciosos.
      Un abrazo y gracias por leerme.

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