Acción solidaria.
En un pasillo del metro madrileño, se me acerca un adolescente, y me reclama atención con un: ¿Por favor caballero, me puede atender un momento? Le miro receloso, soy viajero experimentado y conozco mil argucias de buscavidas de todo sexo y condición, no en vano estoy en la capital de los pillos y vividores a los que hemos añadido pillos de extramuros; he vivido en persona las escenas contadas por los clásicos de la literatura española, y mi recelo es grande. Veo a un adolescente de entre quince o dieciséis años, aseado, vestido correctamente, extremadamente pálido, con acné en la cara. Tiene un porte humano débil de no más de 50 kilos de peso y 1,65 metros de altura. No me parece un peligro para mi integridad física, aunque no bajo la guardia defensiva. Con voz entrecortada por la emoción, con un leguaje no verbal de las manos que indicaba un estado de ansiedad creciente, me explica que se ha quedado sin dinero para volver a casa, que solo precisa 1,50 € para el i...