domingo, 21 de septiembre de 2014

Pícaros y picardías


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Aunque pueda parecer increíble, acabo de leer a mis 63 años “El Lazarillo de Tormes” de un tirón.
Esta edición* tiene un prefacio de Gregorio Marañón, aunque yo diría que es un anti prólogo, o prólogo crítico. Este prólogo induciría a tirar el libro a la basura, pero teniendo en cuenta otras cuestiones, lo leo de un tirón, es corto y se lee bien.

Pero mi interés no es prologar nada, es solo aclaración de lo que a continuación os voy a relatar.
Me adentro en las aventuras y desventuras de Lázaro (que así se llama el protagonista) cuando para mi pasmo leo aventuras sufridas por mí mismo como si de un dèjabú fuese.
Nuestras procedencias paternas no son las mismas ni parecidas, pero sí lo son muchas de las aventuras que se relatan en el libro.

Hoy quiero relatar la coincidencia entre las de Lázaro y la mía: Lázaro por necesidad se hace lazarillo del ciego y yo voluntariamente me presto de lazarillo para otro.
Tanto el ciego de Lázaro como el mío, tienen el mismo carácter y la misma “mala leche”, y parecidos son los desenlaces de Lázaro y yo mismo para con nuestros crueles “amos”.
Del desenlace con mi ciego, debo afirmar, que me arrepiento de haberlo hecho de ese modo hoy día, pero entonces era yo rehén del mundo, aunque tuviera rasgos cristianos de ayuda al necesitado, como lo fue el voluntario oficio de lazarillo del cruel ciego, que era gran pecador, de alma ennegrecida, del que no contaré nada más, para no ser juez de nadie.
No os voy a referir este episodio de Lázaro, deberéis leerlo en la obra el que quiera comparar, solo relataré la mía.

Cifraba yo la edad de 15 años, era pequeño de estatura y me ocupaba en mi empleo de chico para todo de un almacén.

Enfrente del almacén donde trabajaba, ocupaba la esquina un ciego que intentaba vivir de la venta de cupones de la Organización de ciegos, hombre alto y muy vigoroso, blandía un bastón tipo “garrota de pastor”, que usaba más como arma agresora que como guía.
Me pedía constantemente agua a grandes voces, cosa que yo le daba, la mayoría de las veces la tiraba con desprecio al suelo, maldiciendo por “parecer caldo”…
Yo dejaba correr el agua del grifo para que saliera fría, con gran disgusto de mi jefe que me reprochaba el dispendio de agua.
También reclamaba mi ayuda cuando necesitaba orinar, le tenía que acompañar al urinario público cercano  y traerlo de vuelta cuando terminaba.
Como vivíamos en el mismo barrio, me pidió que le sirviera de lazarillo hasta su casa, distaba andando unos 25 minutos; de ese modo todos los días, al finalizar la jornada, servía de voluntario lazarillo al ciego.
Me agarraba fuertemente por encima del codo, cuando algo le perturbaba, apretaba fuertemente produciéndome un calambre en el brazo.
A veces me soltó algún pescozón, al tropezar con algo, pues alegaba que no era cuidadoso…
Pasado el tiempo, harto ya de sus malos modos y maneras rufianescas, decido dimitir.
Pero lo hice de manera inadecuada y también cruel (de ello me arrepiento).
Decidí hacerlo a la mejor ocasión, y ella se presentó al volver a casa. Debíamos cruzar una avenida con bastante tráfico, donde no había paso de peatones, se tenía que hacer con mucha precaución, pues el tráfico era muy salvaje en aquel sitio en ambas direcciones.
Iniciamos el cruce de la conocida avenida por ambos, al llegar al centro divisorio entre sentidos de la circulación, me zafo de su garra, y le digo:
“Está usted en medio de la avenida, tenga cuidado que vienen coches, esto lo hago como castigo por sus crueldades para conmigo, es usted un mal nacido, dejo a juicio de Dios el que se salve o no”.
La voces y gritos del ciego atronaron la avenida, las maldiciones y palabras soeces que me dirigía llegaban fuertes a mi oídos, pero yo resuelto, tomé el camino de mi casa ignorando al ciego en su desesperación y dejando su destino a juicio de Dios.
Cuando dejo de escuchar sus gritos, vuelvo la vista hacia atrás y observo que está siendo ayudado por una mujer a la que le está relatando algo con grandes gestos y ademanes.

Hoy no habría actuado de ese modo tan reprobable, simplemente le habría mandado a la mierda, pero entonces me movía en un mundo cruel y malvado y yo estaba contagiado de él.


*Colección Austral, Espasa- Calpe s.a. Vigésima edición 1973, con prefacio de Gregorio Marañón.

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