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Sociedad actual europea.

Nuestra sociedad en 2026

 Nuestra sociedad ha sido deconstruida por nosotros mismos. Los varones hemos permitido —y en muchos casos facilitado— nuestra propia emasculación. Es cierto que este proceso nos ha liberado de algunos roles tradicionales que, en ocasiones, pesaban sobre nosotros como cadenas. 

Paralelamente, las mujeres han abandonado los roles que hasta hace poco se consideraban normales: han ganado mayor libertad de albedrío y autonomía, pero han perdido otros valores y seguridades que antes las protegían. 

Tanto hombres como mujeres hemos ganado y perdido en distintos aspectos, transformando profundamente la estructura social. 

Sin embargo, en este nuevo escenario, al varón se le ha despojado de sus roles históricos de protección —incluso de aquella que podía requerir el uso legítimo de la fuerza—. Hoy esos comportamientos no solo son rechazados, sino condenados como “violencia machista” y perseguidos activamente mediante el poder coercitivo del Estado y la ley. 

Es precisamente en este contexto de sociedad debilitada y desorientada cuando se ha impulsado la introducción masiva de personas procedentes de culturas diametralmente opuestas a la nuestra. 

A menudo se les otorga un trato preferencial por parte de las instituciones (una justicia de doble vara), lo que agrava la fricción social. 

Miembros de estas culturas interpretan que una mujer local que se perfuma y se viste según los códigos occidentales es “accesible” o incluso “violable” conforme a sus propias normas. 

Y nuestra ley, lejos de defender con claridad los valores de la sociedad de acogida, parece proteger más al infractor que a la víctima. 

Así se ha creado el conflicto perfecto: no hemos exigido ni logrado que los recién llegados comprendan que se encuentran en una sociedad con una cultura diferente, en pleno proceso de transformación, cuyas normas deben respetar.

 **La pregunta clave es:**

¿Cuál debe ser el papel del varón local —emasculado por ley y por la cultura dominante— ante esta situación? 

¿Aceptar los hechos como inevitables y resignarse? 

¿O confrontar la realidad y recuperar, al menos en parte, aquellos roles protectores y de afirmación masculina que la sociedad actual ha demonizado? --



 

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